Los últimos de Filipinas… o ¿Los primeros de La Habana?

Cuando era pequeño y estudiaba historia en el colegio siempre hablábamos de la crisis de 98, que no era lo mismo que la generación del 27, aunque entre números andaba el tema y yo para eso no era muy bueno.

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Al llegar a La Habana por primera vez, al aeropuerto José Martí (toda una declaración de intenciones), un vago recuerdo estudiantil volvió a mi mente. Y pude comprobar que después de tantos años, algo de la pérdida de Cuba, de sus personajes de otra época y de arquitecturas y edificios del siglo pasado quedaba vigente en La Habana de los noventa tal y como yo los imaginaba. Casi un siglo después de su independencia de España (luego vinieron y vendrán otras independencias) allí había algo histórico y, a la vez, vigente. Esa ambivalencia, ese “socialismo o muete” lo encarnaba el comandante en jefe Fidel. Presente subliminalmente, y no tan subliminalmente, en las vallas publicitarias que tanto el imperialismo como los revolucionarios saben manejar tan bien y con tanto acierto.

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A la revolución le debo dos cosas por dos. La primera, mi afición por el ron Paticruzado y la segunda, el aprender a disfrutar una Cohiba (palabra que utilizó Colón para explicar las hojas secas, incandescentes que fumaban los indios de aquellas tierras). Por duplicado aprendí el valor de la cultura, de la herencia y de una educación universal y gratuita. El gran patrimonio de la revolución junto con una sanidad envidiable, llena de ideales, de sentimientos que enaltecen al ser humano. Lástima que, como en toda ambivalencia, estás dos grandes aportaciones se hayan visto sesgadas por una falta absoluta de libertad y otras penurias más…

Una revolución que supo enaltecer los ideales de un pueblo...

Una revolución que supo enaltecer los ideales de un pueblo…

Ya lo dijo Aristóteles, aquel que no posee un 33% de su tiempo para sí, es un esclavo, y eso nos lleva a la esclavitud de la sociedad actual como modelo, pero eso es otra historia.

Lo que descubrí en Cuba fue un legado de simpatía, filosofía para salir adelante y principios. Lástima que como diría Woody Allen, si estos príncipes no funcionan siempre habrá otros que te obligarán a que funcionen.

Con Fidel Castro muere la ambivalencia romántica del ser humano, de su educación de jesuitas, de su perseverancia y fe ciega en hacer una sociedad más justa; pero también de su totalitarismo, injusticia y falta de libertad. Desgraciadamente, el ser humano es el qué es, y esa ambivalencia suya, nos perseguirá esté quién esté en el poder.

Una selección de auténticos ideales.

Una selección de auténticos ideales.

Pero siempre tendré una deuda pendiente con la revolución que me hizo disfrutar de amigos y enemigos por igual, al lado de un ronsito y un cigarro. Y hablando de cigarros, un día tan señalado como hoy presentamos la selección de petit robustos de las marcas más emblemáticas de Habanos que servirá para homenajear al líder revolucionario, y para minimizar su catastrófico legado.

Hasta la victoria siempre!

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