Ruso Blanco

Llegué a mi apartamento, fui a sacar las llaves del bolsillo para entrar pero lamentablemente no me hicieron falta. La puerta estaba colgando de la única bisagra que seguía atornillada al marco, ni si quiera tuve que empujarla… se cayó sola.

Miré al suelo y no pude dar crédito a lo que vi, mi alfombra persa de hilo de seda que había conseguido por un impago a la tienda de alfombras persas de la esquina (no tuve más remedio que robarla), estaba empapada de un líquido que, por el olor y el color, se asemejaba mucho al orín.

Para más inri, al final del pasillo (2 metros) la puerta del baño estaba abierta y dos tipos con cara de pocos amigos estaban de brazos cruzados mirándome de una manera, como decirlo, intimidatoria.

Antes de que pudiese echarles la peta, me doblaron el brazo hacia detrás y me metieron la cabeza en el retrete, después tiraron de la cadena. Mis gafas bucearon en el remolino creado por el agua pero, afortunadamente, supieron nadar y no se fueron por el desagüe. Cuando iba a preguntarles qué demonios estaban haciendo me dieron dos bofetadas y me preguntaron que si era Jeffrey Lebowsky. ¡No!, les dije: soy su Notísima Majestad. Parece que no les hizo gracia y me dieron dos puñetazos en el estómago. Tratando desesperadamente de que el aire entrase en mis pulmones, les contesté que sí, que me apellidaba Lebowsky pero que en todo el barrio y alrededores era conocido como El Nota o su Notísima Majestad… me volvieron a dar dos nuevos consejos en la boca del estómago. Yo no entendía esa relación causa efecto entre mi apodo y sus puños.

Resumiendo, a la mañana siguiente tenía que ir a ver a un tocayo mío, el Señor Jeffrey Lebowsky. Si no acudía a la cita volverían a terminar su trabajo. Eché un vistazo al estado de la casa y por muchas vueltas que le di no entendía que más podían terminar. Se fueron sin cerrar la puerta.