Un Gibson o el atractivo efecto cebollino

Tenía sed de ginebra y me acerqué al vagón restaurante. Allí observé que me miraba de una manera insinuante desde la primera mesa del restaurante. No sé si porque era verdad o, simplemente, porque quería que así fuera. El traqueteo metódico y constante del tren contribuía a crear una atmósfera etérea y onírica. Si a esto le sumamos los ojazos verdes de mi “acompañante” que me contemplaba como si me conociese o, aún mejor, como si quisiese conocerme, usted comprenderá mi estado de euforia y… fortuna.

No todos los días se encuentra uno con aquellas joyas tan alejadas de la bisutería que yo solía frecuentar en el día a día. Ojos hechizantes como esmeraldas, labios seductores y perfilados como rubíes recién pulidos en el taller del orfebre, y aquella melena de 24 kilates de puro platino.

Pregunté al camarero por una mesa donde almorzar en aquel tentetieso que ampulosamente llamaban El Century City a Chicago y ¡Eureka! , me sentó en la misma mesa que aquel escaparate de Tiffany’s andante.

Después del protocolario saludo de buenas tardes, me incliné por tomar la iniciativa:

El clásico Gibson con su cebollita dulce.

Levante la mano, camarero por favor.
Tráigame un Gibson y otro para la señorita. Ella ni si quiera titubeo, simplemente pestañeo repetidas veces como regocijándose en mi nueva propuesta.
Ahí, es cuando me di cuenta que era una profesional de los 40 grados. Tuve la torpeza de preguntarle como le gustaba y me explicó con todo tipo de gestos:
Se coge el vaso mezclador hasta arriba de hielo, tres vueltas a la derecha y tres a la izquierda, escurrimos el agua sobrante. Insinuamos un gesto rápido de Noilly Prat y agregamos 5 partes de Bombay Sapphire, removemos en el vaso mezclador durante 20 segundos. Servimos en la copa previamente enfriada en el congelador, aplicamos un cebollino de Almagro y… listo! A mí me gusta tomarlo en tres sorbos.

No tuve más remedio que felicitarle por sus conocimientos etílicos y proponerle un devaneo en su compartimiento, ya que yo no tenía billete y el revisor se acercaba pidiendo los mismos. Y para mi sorpresa allí acabamos. Haciéndonos el boca a boca, chupando una filigrana de su oreja y compartiendo los efluvios de una Ginebra de verdad.